¡Qué bonito! Qué bonito cuando me quieres, cuando me amas. Me amabas. Ahora no me miras lo mismo. Parezco un estorbo en tu camino. La vida marchita y desgasta. Si volviera atrás me alejaría tras tu primera mirada distinta. No lo hice. No fui capaz. Me culpé. Me gritaste y empujaste. Me culpé. Me fui haciendo pequeña. Cada vez más insignificante. No sé cómo lo hiciste, pero me aislaste y dejaste arrinconada a la espera de tu magra aprobación. Al retorno de tu amor. Me engañó creerte, cuando quise marchar. Suplicaste y dijiste que no volvería a pasar. Tuya o de nadie, Ese fue el preludio de mi muerte. Separarse con la ley no basta. Vigilaste y ahogaste con tu cerco. Sin respetar la distancia. Sin dejarme aire para respirar.
Leo aquello que vive ese personaje que en la vida rechazo. No soy él, ni lo quiero ser. El autor consigue que empatice con él. Soy la muchacha mancillada y asesinada que no tiene nombre y sólo aparece en ese derrame de fuerza bruta entre la sangre de espadas y cotas de malla. Rechacé la historia, desde tierna edad. Me aleccionaban con conquistadores y reinos de una identidad que me señalaba. Desde mi ser consciente sabía que algo pútrido se daba, aunque entonces no lo podía imaginar. Leer me dejó la duda. La vida era más.
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